«Nunca nadie ha escrito o pintado, esculpido, modelado, construido, inventado
sino para salir realmente del infierno». (
Vincent Van Gogh)

lunes, 28 de marzo de 2011

¿Quien escribe?


Soy eso que se desprende de Sofía la lectora, mientras ella va leyendo a Clarice Lispector yo tomo esta fiel lapicera y escribo. Lo único que sé es que fui creado para escribir, que soy una suerte de descifrador de Sofía, ese que alcanza a descubrir lo que para ella se mantiene oculto, el que intenta hacer inteligible lo que permanece encarnado en su cuerpo, el que sorprende sus pensamientos parásitos, esos que no la abandonan casi nunca, el que captura esas frases insistentes, casi sin sentido como las imágenes oníricas rescatadas de un sueño incomprensible.

La aspirina le calmaba el dolor, Sofía no podía explicarlo pero le calmaba ese trozo de su ser que ella llamaba ¨la otra Ana¨, la que siempre había estado allí en los intersticios de su carne, quieta, sin avanzar, sin hablar, la que era lo más parecido a un ente dentro de su ser. Pero Sofía sabía reconocer la verdad por eso admitía que Ana era la que palpitaba, la que recibía las impresiones, la que sabía leer en el rostro de alguien si mentía , cosa tan importante para manejarse en el mundo. Ana era sensible a las pequeñas diferencias, pero no traducía este saber a palabras, solo se lo transmitía a Sofía mediante un alerta. Ana no había crecido, a los 5 años había sentido tanto miedo cuando su madre la llevaba a la escuela y la dejaba allí sola, en una provincia desconocida, entre seres desconocidos, que decidió un día quedarse encerrada en silencio, pero no inactiva, al contrario, amaba escuchar a la maestra, leer, conocer ese mundo que desconocía a través de las palabras de los libros escolares; leer siempre la misma frase y ver la misma figurita la hacía sentir bien, le gustaba estudiar y las páginas le quedaban grabadas; sabía por la mirada. Así fue que ella misma inventó a Sofía para que nadie se diera cuenta de que ella se quedaría siempre en el mismo lugar. Sofía comenzó a crecer y pronto adquirió ciertos hábitos mínimos requeridos para poder convivir con otros y manejarse con cierta soltura en el mundo. Se la veía bastante independiente y parecía no tener miedo, sabía relacionarse bien con los otros ocultando su sensibilidad y en ciertas ocasiones le cedía el comando a Ana quien la inducía a quedarse quieta, a recluirse, a alejarse del mundo, a enfrascarse en esos libros que cada vez eran más sofisticados como ella misma.

Pero llegó un momento en que Sofía deseó liberarse de esa insoportable tarea de tener que entender los misterios de la vida para tranquilizar a Ana, ella quería vivir, aunque no sabía muy bien de qué se trataba eso. De hecho cuando escuchaba a alguien decir: hay que vivir la vida, ella no sabía a qué se refería y por eso seguía enfrascada en la lectura, atraída por el misterio de la existencia, suponiendo que podría encontrar alguna respuesta a tanta incertidumbre para poder consagrarle su hallazgo a Ana. Pronto comprendió que no podía escapar a tal condición por lo que decidió disfrutar de su tarea, la que finalmente la atrapó y a veces la hacía pensar que tal vez eso quería decir vivir la vida.

Sufría siempre y reiteradamente por las mismas cosas, y en estos casos ella, como Ana, tampoco encontraba las palabras para hablar de las emociones que sentía y entonces decidía callar y tomar una aspirina para que Ana se calmara. Hasta que un día conoció el amor. Supo que eso era importante porque su cuerpo se puso tenso de un placer raro y su mirada quedó atrapada por los ojos que imaginó negros de un chico que la miraba desde la terraza de una casa vecina. A partir de ese momento todas las mañanas al levantarse iba a ver si él estaba allí todavía, pero después del primer día, nunca más lo vio. Ese fue su primer amor. Había descubierto algo que ella registró como ¨no quiero que termine¨, ¨esto es imposible¨ ¨es lejano¨ ¨es inalcanzable¨ y se lo agregó como un nuevo motivo para sufrir.

Otro día despertó con su cuerpo todo mojado llamando a su mamá, porque había soñado que ella se moría y la llevaban en un carruaje negro tirado por cuatro caballos negros. A partir de allí conoció el terror y el miedo constante de que eso tan temido ocurriera de verdad, entonces todos los días despertaba llamándola. Cuando ya estaba algo acostumbrada a estar en ese lugar al que la habían llevado, la madre le dijo un día, que se irían a otra ciudad. Ella como Ana se quedó sin habla y sintió que ambas se desvanecían. Cuando estaban por partir, empezó a sentir que el suelo se movía y una descompostura desconocida le hacía saber que había dolores aun más fuertes de los que ya conocía, como ¨el perder el lugar propio¨, ¨el irse hacia lo desconocido¨.

Al tiempo de estar en la ciudad nueva empezó a sentir cariño por el lugar, se acostumbró a ver por la ventana al levantarse ese caminito que conducía a la proveeduría y a salir hacia el patio al encuentro de su papá cuando llegaba. Los antiguos vacíos parecían haber desaparecido. No sentía que le faltara nada. Por su parte Ana estaba tranquila como en su casa, sólo que a veces, la acicateaba para que mirara hacia enfrente porque allí vivía un muchacho lindo.

Un día llegó Feli al barrio y por suerte ella era compradora, conversadora, se acercaba sin inhibiciones y así fue que se hicieron amigas entrañables, porque ella era de las que quería saber qué le pasaba y lograba siempre hacer que Sofía le contara de sus dolores y de lo que había aprendido en su larga vida de 13 años.

Pero, también llegó el invierno, y nuevamente la despedida, la estación de trenes, el sonido desgarrador e indiferente de la máquina humeante a punto de partir, el andén, el silbato y la figura de su papá apenas percibida a través de las lágrimas, saludando desde la escalerita del vagón que lo alejaba lentamente.

Uno y otro invierno y la misma despedida hicieron que Sofía sintiera que ya no le cabía más tanta tristeza y así fue que un día decidió que ya no sentiría nada, parecía que le habían extirpado la glándula del sufrimiento, y eso hizo que la creyeran fría, insensible, indiferente. No era así sólo que simplemente se había convertido en un ser que ya no esperaba nada.

Sin embargo el amor siempre lograba sacarla de allí, le hacía olvidar su propósito. Nunca perdió la inclinación a enamorarse de chicos que estaban lejos, que pasaban por la esquina, que en algún momento la habían mirado, esos eran los elegidos, sin que ella nunca hubiera entendido el por qué. También se enamoraba de personajes de la ficción, tanto de Macabea (La Hora de la Estrella) como de Harry Haller (El Lobo Estepario) o de Anna Frank cuando escribía su diario.

Sofía vivió muchas cosas en su vida y al cabo de esas experiencias comenzó a sentir la urgencia de escribir, como lo había hecho allá por sus 17, pero su mano parecía muchas veces tan dependiente de ella como ella misma lo había sido de Ana durante toda la vida. La mano, pensaba, debería moverse con una energía propia, como si las letras no estuvieran en la mente sino en la mano. Así fue que se le ocurrió inventarme a mí, mientras tanto ella seguía leyendo. Y acá estoy yo que me llamo Ernesto el escribiente, el que no sabe muy bien de dónde viene eso que mi mano escribe.


La imagen es de Anna Frank

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