sábado 17 de marzo de 2012

Camino a la Ensidesa


Iban semidormidos, la mayoría hombres, sólo dos o tres mujeres mezcladas en esa treintena de varones. Pero ese lunes, había ocurrido algo que sacudía esa dormidera de las 6 de la mañana que, el monótono movimiento del autobús hacia la fábrica, provocaba.

Era esa jovencita de 18 años, de tacos y pelo muy oscuro, que enmarcaba su rostro fino y de piel blanca. Las miradas no se apartaban de ese cuerpo, envuelto en un trajecito de lana marrón clarito, con un bordado en la pechera escotada. Nada exhuberante había en esa figura, pero las tórridas miradas se encargaban de quitar o poner lo que les era necesario.

En ese primer día, alguien, tuvo el privilegio, por la cercanía que le tocó en suerte, de cederle el asiento, cortesía que ella aceptó con una leve sonrisa. La joven, niña aún, se acomodó, giró sus ojos hacia la ventanilla y fijó su mirada, como perdida, en el horizonte; sin advertir que cada gesto suyo era seguido por aquellas intrigadas y deseantes miradas. Absorta, vuelta sobre sí misma como estaba, se sobresaltó al percibir que el autobús se detenía y alguien anunciaba que había que descender. Habían llegado a la fábrica. Caminó junto al grupo, todos iban hacia el mismo lugar.

Al día siguiente, pueblo chico infierno grande, la mayoría sabía, sin que ella hubiera abierto la boca, que era ¨americana¨ que había venido a Villalegre con su familia y que había necesitado buscar trabajo. Nadie se acercaba a preguntarle nada, pero todos trataban de imaginar su vida y sus por qués. Sin advertir el alboroto que causaba, cada mañana llegaba a la parada, con su trajecito marrón y sus tacos; ascendía silenciosamente al autobús, se sentaba en el asiento que tácitamente le reservaban, se arreglaba la falda y volvía a perder la mirada en la lejanía.

Algunos días después alguien se animó a preguntarle si le permitía ir junto a ella unos metros, hasta el portal de entrada de las oficinas y ella accedió. Día a día se repetía este acompañamiento hasta que, de a poco, comenzó a darse un cierto diálogo, que permitió al ansioso joven responderse a sí mismo, algunas preguntas. Supo que ella era de la Argentina, que había tenido que ir a ese lugar del norte de España, forzada por cuestiones familiares y que, detrás del horizonte, más allá del mar, ese inmenso mar que había tardado 15 días en surcar, habían quedado sus amigos llorando, su casa que ya no era suya, su tero y su conejo y las dalias que su mamá tanto quería. Que sólo había preservado ese anillo de oro, que su compañero del baile de egesados le había regalado, pero que había tenido que desprenderse de sus dibujos y de sus libros de piano.

- ¿Qué miras a lo lejos? - se animó a preguntar el joven.

- No puedo quitar de mi retina un recuerdo: el llanto de mis amigos y amigas al despedirme en la estación, el rostro de mi amiga, de cuerpo pequeñito, que su novio elevaba para que alcanzara a darme un beso por la ventanilla, cuando el tren comenzaba a moverse, y cómo, esa imagen, fue quedando atrás hasta ser nada más que un punto.

viernes 16 de marzo de 2012

Agradable sorpresa

Quiero contarles que presenté este pequeño cuento en el ¨XXXI Concurso Internacional de Poesía y Narrativa. Audiolibro ¨Unidos por el Mundo 2012¨ y lo distinguieron con una Mención de Honor en el género narrativa entre 1045 trabajos de 490 participantes. Pero, principalmente, quiero decirles que estoy muy contenta, porque siento que, aún no siendo una escritora, amo poder escribir; que esas pequeñas y furtivas frases que aparecen al despertar, o dan vueltas en mi cabeza cuando no puedo dormir, se transformen en esas letras de incógnito sentido para que ustedes le agreguen el propio.

Gracias al Instituto Cultural Latinoamericano y a mis amigos.

***


Hojas en blanco

Por Caléndula


Como todos los días estaba en su cuarto intentando escribir. Papeles y libros sobre el pequeño escritorio, la mente en blanco y un girar siempre alrededor de los mismos significantes. Por la ventana se veía declinar la tarde en las sombras. Sofía dejó caer su cabeza sobre las hojas, tratando de capturar esa idea que rondaba por su mente, de apresarla y darle forma, pero la venció el sueño. De pronto una leve brisa fría la despierta en la ya ensombrecida habitación. Le parece que algo la obliga a mirar hacia un lado; al girar la cabeza alcanza a ver que una pared pequeña, de tres hileras de ladrillos, había sido levantada frente a la puerta de su cuarto. A pesar de sentir una cierta extrañeza se convenció de que no era algo importante, que era sólo producto de su imaginación o una ilusión óptica en la tenue oscuridad. Sus ojos se cerraban, no quería pensar más, se levantó a tientas, se metió en la cama y nuevamente se durmió.

La noche transcurría cuando ciertos ruidos alteraron su sueño, pero no lograron despertarla del todo; sólo se sobresaltó cuando una inoportuna luminosidad penetró por algún lugar de la habitación, cercano al techo. Se asombró nuevamente cuando divisó ahora que ambas, la ventana y la puerta, habían sido selladas completamente con ladrillos. Se percató, también, de que no se escuchaba el bullicio cotidiano de la mañana, el reloj marcaba las ocho y media; a esa hora los ruidos de la calle deberían inundar el ambiente, pensó, pero enseguida se distrajo con el reflejo blanco de las hojas que reposaban sobre el escritorio. Sus ojos heridos se humedecieron, otra vez esa familiar y recurrente angustia al comprobar que, en su mente, brillaba tanto blanco como en las hojas.

Pensó en Julián, él ya debía estar en su oficina, la cama de su lado estaba desordenada, había dormido junto a ella y seguramente se había levantado sigilosamente para no despertarla. El era siempre tan silencioso, obstinadamente silencioso. Sofía sentía ese silencio como si fuera un muro, no escucharlo era para ella como no poder verlo, no poder imaginarlo, no sabía nada de él a pesar de que hacía tiempo que compartían la vida juntos. En los primeros años de la relación ella le había reclamado, insistentemente, que fuera más explícito sobre sí mismo, que le hablara, que vivir así era cruel, que era como estar sin piel, que dolía. Y él le decía ¨pero yo estoy¨ y era verdad él estaba, siempre estaba.

Así fue que Sofía comenzó a encerrarse poco a poco en su cuarto a escribir, porque ya no le alcanzaba con leer para calmar su creciente zozobra. Al principio le había resultado fácil narrar historias, pero al poco tiempo el bloqueo, otra vez el muro, el escribir también se le negaba. Entonces decidió que tampoco quería hablar más ¿para qué? ¿para quién? ... haría como Flaubert callaría para siempre. Pero, cuando cerraba su boca, las lágrimas le humedecían el rostro. Alguien la había llevado un día a un psicoanalista aunque de esa experiencia sólo recordaba que una vez él le había hablado de una falta, cosa que ella no había entendido. Sólo con el tiempo comenzó a ver que esa especie de agujero, que llevaba siempre consigo, podría tratarse de esa falta; y, que no sólo no la abandonaría sino que siempre había estado con ella, solapada; tal vez sólo la muerte… ¿cómo sería estar muerta? ¿no lo estaría ya?, en ese momento, al escuchar el mismo canto de los pájaros que oía cuando visitaba la tumba de su padre se dijo: ¨sí, efectivamente estoy muerta, no es feo, no se siente nada, si hasta puedo abrir los ojos¨ y al hacerlo vio un rayo de sol que entraba por la ventana y se posaba sobre las hojas en blanco que esperaban sobre su pequeño escritorio.

Todavía entre dormida Sofía tomó su lapicera y escribió.

FIN

domingo 11 de marzo de 2012

La cuestión del ser


El tiempo había pasado. Cecilia observaba cómo se comunicaban las personas y suponía que, ellas, habían resuelto el problema. No era ese su caso. No poder comunicar era su drama, para ella, una tragedia de toda la vida. En la adolescencia, su diario fue el testigo de que, esa había sido, la causa de su angustia.

La vida le había enseñado muchas cosas, pero nunca lo que los otros sabían, aunque generalmente, engañarse podía. En su solitario desconcierto había confiado en que escribir, la solución le acercaría. Pero no. Veía que siempre estaba parada en el punto de partida. Pretendió escribir sencillamente, en un lenguaje que los otros entendían, pero al hacerlo supo, que eso no mostraba, en nada, sus deseos. En otras ocasiones, logró hacer que sus anhelos enhebraran a sus letras, resonando a verdaderas, pero supo ahí, que no eran entendidas. Un día comprendió, que estaba encerrada y maniatada; si entenderse pretendía, se llenaba de sentidos, si expresar su sin razón, el sinsentido la invadía.

Luego decidió que, aun problemática, la elección estaba allí, en el caer, para un lado o para el otro. Difícil acto ya que, siempre, algo esencial se perdería. Sin embargo la esperanza persistía, de escribir para alguien, que fuera un otro, de quien le volviera algo similar a un ¨entendido¨, y que a la vez no fuera una acordada a lo debido. Quería alterar el lenguaje, sustraerlo de su cárcel, burlar su interna lógica. Pero ¿cómo ser incorrecta y no quedar fuera del mundo?.


Así fue toda la vida aún sin tener conciencia. Siempre escribió, como un mecano, la frase: la resolución del problema... Y se torturó buscando un predicado a lo inconcluso. Más, ni siquiera, descubrió la esencia de su drama.

Hoy, que la vida se empeñaba en mostrarle lo imposible veía la mentira de la llamada elección, que no era o una cosa o la otra, sino las dos al mismo tiempo; o eran eso o no eran nada.
Paradoja del alma humana. ¿Habría que resolverla? ¿No sería reencontrar a lo imposible?. Intentarlo sería inútil. Mejor caminar el fino borde, de soportar una suerte de locura o un no te entiendo, y aún la indiferencia.

Es como si alguien interceptara el camino y pidiera: la bolsa o la vida. Le diera lo que le diera perdería. No hay elección, elegir es vivir con miedo. No hay enmudecimiento o sentido. Se trata solamente de hablar. El otro puede no decirlo, no ser conciente, pero está en la misma encrucijada. Callar es ya no ser.

Hay un vacío, un hueco insalvable en la resolución, pero eso es, lo que ha de ser sostenido. No intentar llenar la falta con sentido. Aunque vivir sin sentido se parece a no vivir, caminar al borde del abismo no es caer. Dejar ser al ser en ese hueco, eso que no es, es lo que mantiene vivo al ser. Se puede hasta subvertir lenguajes, pero el hueco no se irá. ¿Se puede escribir cualquier cosa o de cualquier manera, entonces?, nadie lo dirá, esa es la cuestión.


Fuente de la imágen: espacio fotográfico

domingo 4 de marzo de 2012

Un lugar




He llegado al fin, después de casi un día. Todo parece igual, el mar, las acacias, el camino de hojas secas. Sigue allí todavía, la casita de la magia, blanca, misteriosa y vacía. La bomba de agua está quieta y en este anochecer no se escuchan los silbidos, ni hay mate, ni fogón, ni leño ardiendo. La playa, solitaria, murmura su penumbra y observan las estrellas recelosas, la quietud de las sombras y el fulgor en la cresta de las olas. No hay huellas en la arena, los sonidos y las voces se han borrado. Está triste la Villa, sin ellos, los magos que inventaban realidades. Era simple la propuesta: decir lo que se siente mirando el fuego enloquecido y hacia arriba las estrellas. Fue allí donde ocurrió sólo una vez. Furtivamente. Suavemente buscando de cuidar a la hermosura. Ahora estoy aquí, volviendo para convencerme, de que existió un lugar. Todo está quieto, perfumado y húmedo, pero ellos ya no están. Volví al pasado para llevarme la brisa y los aromas y encuentro solos a los viejos troncos y repiqueteando entre las ramas, un nostálgico gorjeo de gorriones. Todo parece igual, el mar, las acacias, el camino de hojas secas, la bomba quieta pero ellos, ya no están.

miércoles 4 de enero de 2012

desencuentro


Felicitas estaba inquieta, el momento había llegado. Una imagen grisácea y lejana le recordaba aquel momento de la despedida. Veía la escena. Cecilia le pedía que hicieran un pacto porque esa amistad no podía terminar en esa nada. Así fue que quedó sellado entre las dos un no olvido, una comunión del alma, una hermandad eterna. Un pequeño corte en la yema de los dedos bastó para eternizar el juramento: ¨para la recordación en tí y en mí¨ dijeron al unísono. Luego la despedida, la gran distancia, las cartas que al comienzo fueron diarias pero luego se espaciaron hasta desaparecer. Felicitas se había quedado con las cosas que Cecilia más amaba: su diario, sus dibujos, sus libros. El tiempo pasó y un día Cecilia bajó del tren, en la misma estación de la que se había ausentado, Felicitas se acercó, la miró, la adolescencia ya no estaba, se buscaron allí, en el pacto, pero no se hallaron, ni la una, ni la otra. El estrago del tiempo había herido de muerte a la recordación.

ella y él


Ella, que tenía 9 años, contó que un día en el aula, mientras estaba sacando los útiles del portafolio, él se acercó y le dijo semiescondido debajo del pupitre, ¨tengo algo que decirte¨ a lo cual ella contestó ¨sí, ya se lo que es¨... él la miró un poco sorprendido y ella dijo entonces ¨yo también¨. Así fue que el rubio se le declaró sin habérsele declarado. Luego fueron novios durante aquel año y la prueba de que lo eran consistía en que él siempre la estaba mirando cuando ella lo miraba y siempre parecía que se iba a acercar para decirle algo pero nunca lo hacía. Y así llegó el fin del año lectivo y ya no fueron más novios. Entonces, en ese verano, que fue muy caluroso, a ella le empezó a gustar otro chico de la playa que se llamaba Facundo. El tenía 11 años y ella seguía teniendo 9 casi por cumplir los 10. Ambos andaban siempre juntos, jugando en la arena cerca del cangrejal y cuando subían a las barcazas él aprovechaba para sentarse junto a ella y cuidarla de no caer. También se los veía, al atardecer, ir a leer un libro al cobijo de una carpa. Ella era vivaz y él astuto, se lo leían ambos en la yema de los dedos; pero estaba signado que frente a ellos siempre habría alguien que los miraba a los dos: el hermanito menor.

Deseo







Alguien entrará a mi casa algún día
cuando de mi no quede nada
y preguntará
¿quién escribía en esa mesa, desolada?

Y yo me p
regunto ahora
que sentía ella cuando desde esa mesa
miraba por la ventana
esa rosa roja que florecía por ella
junto al cedrón que resiste avejentado
y reverdece todavía.

Tercio
pelo de pétalos y
humeda
d brillante de rocíos pasajeros
si pudiera residir eternamente
en cada instante de tu aroma
sin elegir vivir e
n el pasado
ese instante de indescifrable embriago.

Diciembre

Si me gusta el azul es por tus ojos
y el dorado por tu pelo
nadie me enseñó a quererte
ni a saber que vives todavía
ni a mantenerme encendida
mientras mi llama prolonga el ansia
de reencotrarme en tu voz algún día.


Solitaria mi mirada observa
del frondoso árbol su caricia
y te toco a ti en su textura
y te veo en mi vereda
y en el verde escondido
de tus ramas que cobijan
la torcacita que duerme


Y te escucho susurrando
cuando las flores me hablan
y me tintinean tus ramas
y me humedecen tus gotas
al rodarme hacia las manos
y sueño la sonoridad de tu canto
en el gorjeo intenso de ese ave
mientras destila su pico el néctar
dulce del final de mi diciembre.


Resolución




Sofía caminaba por la acera, la mirada perdida hacia ese adelante incierto, como en aquel último día de la secundaria después de la despedida.

Volvía pausada, por las callecitas vacías, tenebrosas, húmedas. Aquellas carcajadas la distrajeron, no tuvo miedo, al fin y al cabo parecían niños extraviados como ella. Una vez más, lo ocurrido no había coincidido con lo imaginado. No tenía ni decepción, ni bronca, ni tristeza. Sólo nada. La fiesta había sido eso, lo que tenía que ser, un acontecimiento singular, ocurrido de ese modo, irrepetible, ni feo ni lindo, ni malo ni bueno. Sentía que ella también había sido ella, la que era, la que había sido, sin inventarse. No había capturado miradas especiales, ni de admiración ni de rechazo, eso le había gustado.

Caminando, así, descalza, con los zapatos en la mano, se le cruzaban por la mente antiguas imágenes de noches parecidas; supo que ya era hora de cerrar el libro de los recuerdos. El tiempo de la nostalgia había concluido, en el mismo instante en que comenzaba a filtrarse la luz del amanecer por los cortinados del salón de fiesta.

Le pareció que, desde aquel lejano momento, a sus 17, desde aquel adiós a su escuela, se había quedado sentada en el cordón de la vereda todos esos años, negándose a cruzar la calle, para encontrar esa otra vida que ya no era la de su adolescencia. Había estado allí demasiado tiempo. Se había engañado pensando que encontraría algo, algo que nunca supo qué era. Ilusa. Perdida. Atrapada en espejismos.

Al llegar a la casa, sólo vio el desorden, resto patético del la noche anterior. Entró silenciosa, no quería despertar a Ernesto. Se dirigió a la cocina, unos mates a solas consigo misma no le vendrían mal. Vio que sobre la hornalla apagada había una carta. ¨Sra Sofía¨ decía el sobre. Era letra de él. La abrió extrañada y leyó:

Querida señora:

Creo que ha llegado el momento de que me vaya. La he cuidado con amor y he tratado de interpretarla como mejor pude, tal como usted quería; de leer sus ansias, de consolar sus angustias. No se si lo he logrado, pero si sé que lo he hecho con dedicación. En los últimos tiempos me pareció notar que usted ya no necesitaba de este servicio, que usted ha ido alcanzando un estado diferente, más pausado, menos angustioso. Me parece ahora que, mis consignas y supuesta sabiduría, no sólo ya le resultan innecesarias sino que, al contrario, la perjudican al desviarla de su camino propio.

Yo fui el que la ató a la nostalgia, a los antiguos sentidos e ideales. Esta noche fue especial para mí, me sentí extraño, sin saber si yo me había desenlazado de usted o usted de mi. Lo cierto es que me la imaginé caminando, sola y concentrada en sus cosas y vi que ya no tenía mi lugar a su lado; mis rigideces me lo impiden.

Sepa, señora, que no me alejaré totalmente. Si usted me busca, seguro que me dejaré encontrar, no puedo con mi genio. He sido lo que soy, he sido como usted quiso, hasta el extremo. Al irme me llevo eso que ya no le sirve. Soy lo que no le sirve. Primero me nombré a mi mismo como escribiente, pero en verdad, traté de ser su exégeta. Estoy seguro que estará de acuerdo con mi decisión. No llore, se que en este momento se humedecen sus ojos. No los empañe para que puedan ver claro, ellos están para ver lo nuevo que ahora está descubriendo. No cabe que le pida perdón porque tal vez sea a raíz de mis fallas, justamente, que usted ha podido avanzar hacia otra cosa. Así es. Mi fracaso es su triunfo y su posibilidad de vivir. Eso, aunque es triste para mí, me compensa.

No le digo adiós ni hasta luego, sino simplemente que ya no estoy.

Ernesto

Sofía dobló la carta y a pesar del velo húmedo de sus ojos, una sonrisa se dibujó en sus labios. Fue hacia su habitación, despejó la cama de las prendas tiradas en la víspera y se acostó. Se durmió, lentamente, y con la misma persistente sonrisa.


FIN

Flaco






Melancólica tarde de bodegón y cerveza escuchándote. Rubios lamentos de alma vacía en agonía.

Hoy te tuve tan cerca, igual que aquella noche en que te vi, cuando surgió mi amor al cruce de tu mirada honda.

El vaho caliente de la noche me acercaba tu sonido y tu olor en la penumbra
y envolvía mi excéntrico cuerpo de dolor,
del que lastima.

sábado 19 de noviembre de 2011

El Sur

Jorge Luis Borges

Desde uno de tus patios haber mirado
las antiguas estrellas,
desde el banco de
la sombra haber mirado
esas luces dispersas
que mi ignorancia no ha aprendido a nombrar
ni a ordenar en constelaciones,
haber sentido el círculo del agua
en el secreto aljibe,
el olor del jazmín y la madreselva,
el silencio del pájaro dormido,
el arco del zaguán, la humedad
-esas cosas, acaso, son el poema.


Fuente: sololiteratura

Cómo nace un texto

Jorge Luis Borges

Empieza por una suerte de revelación. Pero uso esa palabra de un modo modesto, no ambicioso. Es decir, de pronto sé que va a ocurrir algo y eso que va a ocurrir puede ser, en el caso de un cuento, el principio y el fin. En el caso de un poema, no: es una idea más general, y a veces ha sido la primera línea. Es decir, algo me es dado, y luego ya intervengo yo, y quizá se echa todo a perder.

En el caso de un cuento, por ejemplo, bueno, yo conozco el principio, el punto de partida, conozco el fin, conozco la meta. Pero luego tengo que descubrir, mediante mis muy limitados medios, qué sucede entre el principio y el fin. Y luego hay otros problemas a resolver; por ejemplo, si conviene que el hecho sea contado en primera persona o en tercera persona. Luego, hay que buscar la época; ahora, en cuanto a mí "eso es una solución personal mía", creo que para mí lo más cómodo viene a ser la última década del siglo XIX. Elijo "si se trata de un cuento porteño", lugares de las orillas, digamos, de Palermo, digamos de Barracas, de Turdera. Y la fecha, digamos 1899, el año de mi nacimiento, por ejemplo. Porque ¿quién puede saber, exactamente, cómo hablaban aquellos orilleros muertos?: nadie. Es decir, que yo puedo proceder con comodidad. En cambio, si un escritor elige un tema contemporáneo, entonces ya el lector se convierte en un inspector y resuelve: "No, en tal barrio no se habla así, la gente de tal clase no usaría tal o cual expresión."

El escritor prevé todo esto y se siente trabado. En cambio, yo elijo una época un poco lejana, un lugar un poco lejano; y eso me da libertad, y ya puedo fantasear o falsificar, incluso. Puedo mentir sin que nadie se dé cuenta, y sobre todo, sin que yo mismo me dé cuenta, ya que es necesario que el escritor que escribe una fábula "por fantástica que sea" crea, por el momento, en la realidad de la fábula.

FIN


Fuente: Ciudad Seva

sentido


fuente

domingo 6 de noviembre de 2011

La hora




Basta ya - se dijo Sofía - el taxi está esperando. Creo que no olvido nada.
Sofía sale.
El chofer, solícito al verla llegar, da la vuelta y le abre la puerta trasera.

-Tenga cuidado señora -dice mirándola con ojos asombrados. A ella no se le escapa el detalle.
Sofía sienta primero su cuerpo en el asiento y luego levanta las piernas hacia arriba para introducirlas en el coche. Respira profundo y erguidamente le indica al conducto la dirección del destino. El ahora la observa sin salir de su asombro por el espejito retrovisor. Sofía baja los ojos ruborizada.
- Parece que estamos de fiesta - comenta el chofer con una sonrisa al detenerse en un semáforo.
- Sí, voy a la fiesta de egresados.
El señor abre un poco más los ojos y aclara: - Al aniversario.
- Sí, sí, dice ella -un poco avergonzada.
- ¿Cuántos? ¿Cincuenta?
A Sofía se le cortó la respiración. La última palabra le hacía eco en su cabeza. Quedó muda mientras sentía que algo dentro de su cuerpo se empezaba a retorcer. Sintió ganas de vomitar. Le pareció que iba a desmayarse; comenzaba a transpirar.
- ¿Le pasa algo señora?
- Sí -balbuceó- ¿me puede llevar de nuevo a mi casa?
- Sí señora, pero ¿quiere que la lleve a una clínica primero? no se la ve bien.
- No, no, no, a mi casa.
Al llegar le costó sacar sus piernas y su cuerpo tembloroso y mojado del coche. Paga el frustrado viaje con 10 pesos, camina hacia la puerta y tantea sin acertar el agujero de la cerradura.
El taximetrero le pregunta de lejos si necesita ayuda. Ella entra sin contestar y corre hacia el baño. Una bocanada de líquido transparente mancha su vestido y salpica sus zapatos; la peluca salida de su lugar le cuelga por el cuello. Se arrodilla desfalleciente ante el inodoro y comienza a llorar largamente. Las lágrimas le lavan el rostro. Poco a poco se incorpora y va hacia la habitación. El desorden vuelve a angustiarla. Ve el espejo pero no se mira. Ya no lo necesita. Ha visto lo que tenía que ver.
***
El agua tibia terminó de lavar su cuerpo. Se puso el vestido negro, ese, que de tantos apuros la había sacado y unos zapatos al tono. Peinó su pelo ralo y empolvó sus mejillas con un poco de rubor para disimular su excesiva palidez. Tomó el teléfono y dudó. Ya no sabía si quería ir. Se reclinó sobre la almohada y se durmió. Al rato se despertó sobresaltada y creyó que había estado soñando. Presurosa miró la hora y pensó que todavía estaba a tiempo de ir. Marcó el número y al instante dijo:
- ¿Taxi?